Don Ernesto Salgado construye hornos desde hace 38 años en Metepec, Estado de México. No usa planos: mide con una cuerda y una regla de madera que heredó de su padre.
La cúpula se levanta con ladrillo refractario colocado en espiral, sin cimbra. Encima va una capa de arcilla, otra de arena volcánica y una manta térmica que mantiene el calor durante horas.
El horno tardó tres semanas en construirse y otras dos en secarse con fuegos pequeños diarios. Si se calienta de golpe, la cúpula se cuartea y hay que empezar de nuevo.
Nuestros tres hornos son suyos. Cada uno pesa cerca de dos toneladas y llegó armado en piezas numeradas, sobre una plataforma, un domingo a las seis de la mañana.
